
Entonces amé como aman las buenas amantes, con todos los detalles. Subí hasta tu boca y bajé por la agonía de tu jadeo. Conté tus pecas hacia el norte de tu rosas de vientos y atravesé tu piel afilada con mi lengua gatuna.
Traspasé tu carne con mis garras y me bebí tu sangre para surgir como la condesa de las novelas de Lujan, virgen y nueva.
Aceleré los latidos de tus muñecas y aumenté los míos solo para saber si seguíamos con vida o habíamos muerto en un incendio voraz de chocolate.
Cabalgué tu piel desnuda, tus facciones ansiosas y me hice dueña del margen casi inexistente entre tu vida y mi muerte.
Sentí que me contagiabas la inmensidad de las sabanas pegadas a mis muslos y reconocí mi territorio.
Sujeté tus riendas y te postraste ante mi reinado de tiranía y egoísmo.
Al final y sólo para mostrarte que mi generosidad de reina no tiene limites, me encaramé a tu sexo y lamí con desesperación tu esencia para dar comienzo a un nuevo día.
Y mientras el sol doraba tu piel sonrosada matando la pasión consumada, te tatué en la cama mi paso por tu noche.
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